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Recuerdo cómo me sentí esa mañana. Estaba entumecida, completamente desnuda y con la mente en blanco. Intenté alejarme del suelo y, al hacerlo, cada músculo se volvía a poner en el sitio adecuado. Las piernas no obedecían a mis deseos de cerrarlas y un líquido, entre rojo y blanco, bajaba por mis muslos. Tardé unos minutos en recordar mis gritos ahogados, mi rabia, mi impotencia, mi carencia de fuerza. No quería tener esas imágenes persiguiéndome en la mente, borrosas pero dolorosas. Vomité y lloré en un rincón de mi habitación.

Me habían violado y ni siquiera podía contárselo a alguien porque no me salían las palabras. Vergüenza, repugnancia e infinito dolor se transformaron en ira. Fue el 6 de agosto de 2009. Esa  noche tomé un café con un amigo de la infancia, un abogado de familia adinerada. Luego, me dijo que quería conocer mi apartamento y me pareció buena idea: hace tanto que no nos veíamos que teníamos mucho para contarnos.  Él sacó una pequeña botella de aguardiente y me pidió que brindáramos por los viejos tiempos. No suelo tomar y me negué. Insistió y accedí. Mi siguiente imagen nítida fue a la mañana siguiente cuando me paré frente al espejo para ver mi figura marcada por morados contundentes.

¿Evidencias?, solo yo. Recorrí todo el apartamento y hasta saqué la basura para encontrar algo, una prueba, un papel, un condón, un paquete, la botella, mis calzones… pero nada, parecía que mi agresor se había preocupado por limpiar mi hogar, pero solo para eso le alcanzó la consideración.

Bañé mi cuerpo centímetro a centímetro y cuando me sentí más digna salí a la calle como si nada hubiera ocurrido. Mentira. No podía trabajar. No era yo. Era la mujer que dejaron tirada como unos zapatos viejos  que ya no sirven para nada. Sí, me habían ultrajado y habían acariciado mi voluntad sin que yo me diera cuenta. Mi jefe habló conmigo. No tuve que decir mucho, ella supo exactamente qué había pasado sin entrar en detalles y me convenció para ir a la Unidad Básica de Delitos Sexuales. Tenía que denunciar.

Empoderada entré en ese lugar y no puedo definir lo que sentí cuando el celador me pidió que explicara exactamente  mis razones para estar allí. Mi cara transformada y una respuesta seca me abrieron el camino.

Más dura la explicación que la realidad

La primera pregunta de la profesional que me debía tomar nota de mi historia fue¿usted tenía falda? Y mi respuesta, sí. El  interrogatorio continuó ¿tenía escote? ¿utilizó medias veladas? ¿consumió licor o sustancias alucinógenas? ¿se le insinuó a la persona con la que estaba? ¿ha visto películas porno en su vida? ¿tiene una pareja permanente o varias?

En ningún momento me preguntó qué había pasado y nunca mencionó la palabra violador; para ella, el hombre que me había penetrado sin permiso, era mi acompañante y, como iban las cosas, al pobre, yo lo induje. Para completar, bañarme había sido el peor error pues había borrado las pruebas que podrían corroborar mi “versión de los hechos”.  Así que, palabras más palabras menos, si con todo y eso yo decidía poner la denuncia, el proceso en el juzgado duraría años en los que, además, debería encontrarme frente a frente con mi agresor. Y ni eso me garantizaría que él pagara por lo que hizo.

Salí corriendo de ahí y siempre me he preguntado si hice lo correcto. Hoy, desafortunadamente, leo sobre la posible violación ocurrida en Andrés Carne de Res y es inevitable revivir mi historia. Me sorprendió la cantidad de mujeres que llamaron a las emisoras para defender al hombre y para enjuiciar a ‘la violada’ con el argumento de que su vestuario sugestivo daba pie a la violación.

Y el problema no son las  palabras imprudentes de Andrés Jaramillo o las señoras desocupadas y machistas que se escuchan en la radio. Es preocupante estar del otro lado, sufrir la violación y encontrar que los funcionarios, que velan por la justicia, pueden pensar como Andrés Jaramillo y, con sus bienintencionadas palabras, darle más votos a la impunidad. Ese sí que es el problema. No me imagino viviendo en un mundo en el que la incómoda burka, tradicional de la religión islámica,  sea la única manera para proteger la sexualidad de todas las mujeres. Así que sí, yo usaba minifalda cuando me violaron, y ¿qué?